martes, 14 de julio de 2015

Molly y yo.




Siempre he sido una persona algo introvertida, alejada de los lazos sociales cotidianos y sobretodo con una perspectiva bastante individualista de la existencia. Sin embargo en mi adolescencia y como quizá la mayoría de ustedes, entré en contacto con las drogas, primero la marihuana; La probé una vez, me reí a carcajadas por horas y luego vomité, rápidamente entendí que me producía una terrible sensación de malestar físico luego del desvanecimiento de sus efectos, luego probé la cocaína, algo un poco más fuerte, fue en el propio colegio, en clase de español.

Recuerdo que el profesor nos insistía de forma ofuscada pero resignada que guardáramos silencio, hablaba de Andrés Caicedo y Bukowski, nadie parecía prestar atención, ni siquiera yo que sostenía en ocasiones conversaciones literarias cuando me cruzaba con aquel profesor en algún corredor. Yo estaba cansado de aquel juego de repetir lo mismo e incitar a los estudiantes a realizar lecturas que nunca haríamos.

Jhoncito el tipo de atrás, llevaba siempre sus porros en esa mochila azul desgastada, y sagradamente al salir del colegio a plena caída de la noche subía calle arriba fumando con un bate, aquel día recuerdo que llevó un frasquito alargado como una probeta lleno de un polvo blanco. Yo estaba tan aburrido haciendo rayones en la silla que cuando me ofreció aquel polvito por debajo de la silla solo pensé en lo rebelde que sería… en plena clase… y paradójicamente una de las pocas clases en que me iba bien…

Sin pensarlo dos veces le metí una esnifada certera y sentí como el polvo entraba a quemones por mi nariz, sentí inmediatamente ese amargor mezclado con mocos bajar por la garganta, me recosté sobre el pupitre y un momento después me sentía maravillado, planeando viajes y pensando en declararle mi amor a alguna provinciana, eso sí con la boca reseca y los labios pelados de sobarme con la lengua.

Aquella fue la primera vez y no la última, al entrar en la universidad conocí el lado oscuro, conocí la variedad oxidada que supuestamente era más fuerte y por supuesto durante los meses que consumí recurrentemente sufría esas terribles resacas, no físicas como las del alcohol, sino morales y emocionales, la cocaína es una droga agradable pero maldita… un día me di cuenta que no justificaba su consumo en relación al costo anímico que traía luego del consumo.

Fue difícil dejarla inicialmente, de hecho solo pude dejarla totalmente cuando probé el LSD, lo probé con un primo artista, que hablaba como los artistas, por ejemplo lo llamaba “es Rico” recuerdo que fue toda una experiencia. Con el LSD opté por hacerlo cada tantos meses, a veces tres o a veces cada seis, era más una experiencia de disfrute sensorial, si bien describo los viajes de LSD como un malestar cognitivo, lo que si era genial eran los efectos de desvanecimiento, aunque es una droga que produce un terrible insomnio y su efecto llega a ser excesivamente largo. Con el LSD había encontrado lo que más se acercaba a mí experiencia ideal, sin embargo un amigo me había comentado del éxtasis, y la verdad no me interesaba mucho, había escuchado que la gente se moría si tomaba éxtasis y lo mezclaba con un trago de licor, o que el éxtasis los volvía locos y adictos en una sola metida. Sin embargo aquel amigo varias veces me dijo que tenía que vivir aquella experiencia, y yo siempre le respondía que no me interesaba. 

Sin embargo lo hice, y el mayor detonante fue mi interés por la música electrónica, que venía de años atrás cuando conocí esos álbumes sintéticos de Burzum y salté estrepitosamente a Aphex Twin luego de asistir a una conferencia sobre la historia de la electrónica a la que un tío me había llevado a un pueblo.
La primera vez del éxtasis fue con un amigo algo extraño, el tipo era de esos seres que no inspiran ninguna sensación ni pensamiento, esos seres que son como un gran bulto de nada, como esas personas que están condenadas a nacer, ser obreros y morir, sin embargo aquel amigo luchaba contra eso de formas que aún no logro comprender. Decidimos ir entonces a un concierto de Drum &Bass, compramos el material, el cual fue sospechosamente muy barato.
MDMA me había dicho el amigo que me lo recomendó, -compre ese- me dijo, -es una capsula, no es una pepa, las pepas son malas.- Igual aquel día fui presa de los nervios, ni la marihuana, ni la cocaína, ni el LSD me habían producido tanta ansiedad y temor.

Llegamos a la discoteca y estaba vacía, era el Dj y sus amigos, habían algunos de esos extraños jóvenes que son contratados por las discotecas para atraer personas y turistas, se veía a metros que la discoteca les daba el licor, que a lo mejor eran botellas rellenas de agua y ellos solo actuaban ser felices y bailar. Aquel amigo extraño estaba empezando a dudar, yo simplemente me trague la capsula y la pasé con agua, seguidamente él también lo hizo sin mediar palabra, media hora después yo estaba aburrido y me dormía, nadie llegaba y el Dj por más que se esmeraba no despertaba el interés de nadie, ni de sus amigos. De repente me había ganado la lotería, era el tipo más atractivo del universo y veía a este amigo raro como el mejor amigo que había tenido, la euforia se apoderó de mí y empecé a bailar sin parar en aquel lugar medio vació.

En aquel momento mi vida se dividió en dos, pero no en aquel momento, en aquel momento solo deseaba bailar y disfrutar, al día siguiente de camino al trabajo no podía dejar de sonreír, sentía una plenitud digna de cualquier religión o practica espiritual; mi amigo raro por el contrario se llenó de pánico toda la noche y se quedó parado contra un muro, el resultado fue cercenarse un dedo con la uña del dedo pulgar, recuerdo que casi se le veía el hueso. luego de esa fiesta nunca más lo vi, quizá acepto su destino y se dedicó a ser una nada, aunque en realidad escuché que se había vuelto millonario montando una empresa de programación, y si me viera hoy creo que yo sería la nada, aun andando en bus, comiendo calentado y siendo un completo asalariado.
Los siguientes días al recordar aquel episodio sentía una paz y emoción que me producía una incontenible sonrisa donde fuese que estuviese, esa capsula aquel día desató algo en mí, ahora cada vez que escuchaba una canción de electrónica movida me sentía profundamente complacido y empezaba a mover los hombros y la cabeza imitando un baile, pasaron seis meses hasta que volví a hacerlo y a partir de allí decidí hacerlo dos veces al año, siendo cada experiencia mejor que la anterior.

También descubrí que dicha droga maneja una filosofía muy contraria a las demás si se logra entender su lógica, y es, que con el MDMA menos es más, dosis mínimas te mantienen más presto a un disfrute consciente y pleno, convirtiéndolo en toda una experiencia auto controlada, sin embargo, también  he sido consiente de una especie de dependencia psicológica, a veces deseo hacerlo, deseo irme a una fiesta y pasarla bien, pero entonces recuerdo la filosofía de menos es más y espero el umbral entre cada consumo.


Así hoy entiendo que el MDMA ha sido una experiencia que me ha cambiado en muchos sentidos, me ha hecho entender muchas cosas sobre mis búsquedas y procesos, pero sobretodo he entendido que las drogas pueden llegar a ser tan constructivas y a la vez destructivas como la mismísima idea y práctica de la religión, siendo constructivas siempre y cuando, como todo, se use con moderación.


Barba Azul

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