Había
sangre desparramada por doquier… por fin habían cesado los ensordecedores
estallidos de las recamaras de los pistolones y se escuchaba el murmullo
lastimero de los agonizantes. Recordaba a Mishima.
Ahora que tengo vuestra
atención procederé al epitafio incoherente de mi última noche.
Es bien sabido que una vida sin
placeres es una vida vacía de sentido, es bien sabido que los placeres pueden
variar de todo a nada o de lo que sea a lo que no sea, o vaya usted a saberlo.
Desde alguien que se regocija en el placer culpable del canibalismo a quien
goza del más gran placer al mirar un atardecer en el desierto. Lo cierto además
del desierto es que mi placer más grande era la conjura del ascetismo y el
aislamiento. Por supuesto para mí todo hombre no era una isla, si no que mejor
aún; cada hombre era un planeta, cómo en el
Principito, un planeta en el infinito y perenne vacío, divagando solo, de
aquí para allá, pero a la vez sin moverse. ¿Qué más podría importar entonces?...
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…allí estaban de nuevo… sus
ojos negros en contraste con su pálida piel blanquecina, su cabello ahora
estaba suelto y se escurría sobre sus hombros, estaba frente a mí, tumbada
sobre la cama, yo aún veía algo borroso y sentía profundamente trémulo y
dolorido el cuerpo, pero eso no impedía contemplar tal belleza, sus labios
parecían palpitar entre aquel rojo carmesí que teñía todos sus pliegues y
comisuras, quizá aquella primorosa y sobria mujer era mi ángel de la guarda; Me
había recogido de la calle luego de recibir una paliza, me había llevado a su
casa quizá… Era un ángel… sí, eso era. Por un momento creí ver como aquella
aparición angelical desplegaba sus alas blancas e inmaculadas… ¿Qué podría
estar haciendo un ser como aquel en un lugar así? Un lugar como mi planeta… de
nuevo me perdí en el vacío obscuro de sus ojos.
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Aquel lugar, como de costumbre
estaba casi vacío, Una lámpara a media luz iluminaba todo el lugar y a sus
comensales daba apenas el aspecto de siluetas, en el ambiente se percibía olor
a carne asada con un sofocante aroma a cigarrillo, solo me quedaba un sorbo de
cerveza. No es que fuese un bebedor empedernido, me gustaba a veces luego del
trabajo y de camino a casa tomarme un par de birras; para luego… casi siempre,
salir tambaleante de aquel lugar. La verdad no conocía el camino de aquel lugar
a casa, todos los días luego de salir de allí, emprendía una travesía
desconocida al vacío, de la cual nunca recordaba nada. Igual todos los días,
jamás recordé el camino al trabajo, era como viajar en el tiempo, y mejor aún,
saltarse partes.
Con amargura alcé la vista y me
eché el último sorbo con resignación, leía en la primera página del periódico
que se sostenía apenas sobre el bordillo de la mesa las letras agrupadas; “una
mujer asesinada por su esposo celoso y un hombre a quien vilmente robaron los
riñones en un motel” esos eran los titulares, un reducto de la impensable
ciudad nocturna, rezago de los agitados días calurosos. Era como si el calor
sofocante envenenara de odio a los pigmeos y luego en las frescas noches
tropicales, en la retaguardia crepuscular, desataran todo su odio hacia la
humanidad.
¿Alguna vez sintieron esa particular sensación abrazadora?; esa
sensación cuando se está convencido que no solo Dios es testigo de vuestra
existencia, esa sensación cuando alguien tiene clavados los puñales de sus ojos
en el centro de tu pecho. ¡Sí!… alguien me observaba, desde la lejanía de su
anonimato… yo era un blanco fácil en aquel cotidiano lugar de sombras y
siluetas. giré la cabeza suavemente a ambos lados, para percatarme que en la
barra y bajo la lámpara, se encontraba sentada una mujer, una mujer delgada;
usaba unas botas largas de cuero, tenía sus contorneadas piernas cruzadas, una
falda oscura se dejaba caer casi hasta la mitad de la alta silla, llevaba un
abrigo negro quizá de lana con boleros.
Paralizado e impávido me quedé
al verle por completo, tenía un rostro redondeado y su piel era de un blanco
indefinible, su cabello era negro y estaba amarrado de una liga que dejaba caer
una cola casi hasta su cuello, no era un pelo muy largo, quizá le llegase un
poco por debajo de los hombros, sus orejas eran pequeñas y delineadas con una
perfección y sutileza digna de la más dogmática idea de creacionismo, tenía un
par de bolitas rojas en sus lóbulos como aretes, sus cejas eran delgadas y bajo
estas unas pestañas negras y encorvadas que atesoraban unos ojos increíblemente
asombrosos; eran totalmente negros, infundían una presencia abrumadora como si fuesen
a atraparte para siempre en su interior misterioso, entre estos, en saliente,
una nariz alargada no falta de la más indescriptible belleza, sus labios
delicados y delgados cual flor del beso, estaban pintados de un rojo vibrante,
tenía un cuello tortuga que cubría la blancura de su tez. Sobre el espaldar de
la silla una especie de bufanda o trapo de franjas blancas y negras que se
extendía envolviéndole hasta la barra; donde la mortecina luz de la lámpara
dejaba ver una copa atenazada por unas pálidas y flacuchas manos, tenía las
uñas pintadas de azul que quizá podrían ser también color vino-tinto o rojo,
como si una vez a la semana cambiara su color.
Era pues una personificación
enigmáticamente angelical… De no ser por esos penetrantes ojos clavados sobre
mí, diría que era un ángel. La verdad no comprendo cómo podía verme con la poca
luz que había en el lugar, yo podía verle bajo aquella lámpara casi a la
perfección. Pero ella… ella me observaba, ella miraba la penumbra que me
rodeaba y se fundía conmigo. Parecía estar sola, no me había percatado de ella
cuando entré y nunca le había visto en aquel lugar, de hecho nunca veo a nadie,
solo veo sombras, allí o en cualquier lugar.
Intenté mirarle a los ojos,
pero me pareció perderme en la negrura de su interior, entonces miré sus orejas
y aquellas pepitas rojas, era increíble la incertidumbre en la que me había
sumido, el desasosiego y quizá pánico…
no sé cuánto tiempo pasó, yo merodeaba con mis desorbitados ojos por toda su
imagen, la obscuridad era cómplice de mi pecaminosa fisgonearía.
Entre tanto, con su actitud
altiva y mirada inexorable, tomó un libro de encima de la barra, bebió con su
característica delicadeza un sorbo más de su copa y luego de mirar la penumbra
por última vez, manifestó una cálida sonrisa mientras se marchaba. Entre un
gélido temblor un desafortunado impulso me obligó a levantarme de la mesa
rápidamente y romper con el arrobamiento al que me había sometido tal
revelación. Apuré el paso olvidando pagar la cuenta y saliendo de forma afanosa
del lugar. En la calle, y aún sobrio, la noche se desenvolvía fría y
presagiando un aguacero, ansioso miré a ambos lados de la calle, teniendo la
sorpresa de chocar la vista con la retaguardia de aquella mujer que cruzaba la
calle en un trote refinado. Empecé a avanzar sin perderla de vista…
-¡Amigo!- escuche una voz
grave, muy cerca de mi costado.
Me di vuelta y me topé con un tipo enorme,
podía medir quizá dieciséis metros y ser tan ancho y regordete como un autobús, sin alcanzar a
responder, vi como levantaba su enorme mano regordeta y cómo con un gran
impulso, la dirigía a mi rostro…
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…allí estaban de nuevo… sus
ojos negros…
Estremecido en el aturdimiento,
y absorto en el ensueño, recobré el sentido… sentí un frio punzante en todo el
cuerpo, sobre todo en las piernas… al abrir los ojos me encontré con una tenue
bombilla que iluminaba el cuarto de baño, habían unas paredes desteñidas y
lentamente me percaté que estaba tumbado en la bañera boca arriba, intente
sentarme, pero me sentía agraviadamente mareado, el agua era particularmente
fría, como si el helado aire concentrado de todas las noches maldadosas se
hubiese escurrido por la pequeña ventana que estaba en lo alto del cuartucho.
La bañera estaba a medio llenar
y el agua se tornaba de un rojo carmesí… como sus labios... De repente sentí un
pánico abrumador e intente ponerme en pie de nuevo, con la mala fortuna de
impedírmelo un atroz dolor de espalda, miré a mi alrededor y topé la vista con
una butaca al lado de la bañera con vendas ensangrentadas y algodón, el pánico
fue aún mayor. Miré mis manos y luego me toque el área lumbar… sentí dos
rusticas franjas rígidas, como si hubiesen cosido de la forma más burda las
heridas de muerte del cadáver de algún vagabundo apuñalado, era una a cada
lado, sentía el prominente hilo brotar de los bordes de la piel rajada formando
canales en desorden. Mis ojos cayeron en picada hacia el pecho desnudo bajo mi
mentón. Una sensación espeluznante me sobrecogió de pies a cabeza, era tan
abrumadora que el dolor desapareció junto con el pánico… sentí como mi cabeza
se inclinaba más hacia mi pecho de forma inevitable… y allí estaba, frente a
mí, una herida abierta y sangrante que cubría el centro de mi pecho en forma
vertical, podía ver mi interior y mis mortecinas viseras enrojecidas, la sangre
apenas si salía, no imaginaba como habría salido a borbotones mientras aun
dormía…
¡SI!... aquella hermosa mujer
de ojos negros y aretitos rojos, además de mis riñones se había robado mi
corazón, y peor aún… no había cocido con su burdo hilo el pecho desangrado que
lo contenía.
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…allí estaban de nuevo… sus
ojos negros… veía entonces las alas de aquel ángel… solo que ahora eran
verdadera y profundamente negras, casi como el plumaje de un cuervo. Aquel no
era el ángel inmaculado engendrado por la divinidad, por el contrario era el
más obscuro esbirro de la muerte. Me perdí en un segundo en la profundidad de
los recuerdos… comprendí entonces que yo
era aquel hombre… aquel miserable hombre del periódico, que abandonado en un
sucio motel en la madrugada más gélida del año, había tenido su primer y último
encuentro con el más hermosos ángel de la muerte, que además de robar el hilo
tenue de su vida, había robado su corazón aún palpitante. Temor y Temblor, Muerte
y Regocijo.
a C. María A.
Barba Azul
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