Toda mi vida viví en un mundo
que no era el mío, simplemente estaba viviendo una vida que no era la mía.
Parecía que alguien más me hubiera arrebatado mi real forma de ser para
implantar una que no tiene nada que ver con mi alma y realidad interna.
A los 15 años me di cuenta que
el sudor y la fuerza me gustaba más que el perfume y la delicada suavidad, me
di cuenta que quería ser tratado con lujuria y picardía en cada mirada que con
inocencia y serenidad.
Mis quince años fueron una
revelación porque ahora no quería ir a la gimnasia para ver a mis compañeras
saltar en la cuerda si no para ver los cortos pantalones de mis colegas, jugar
futbol, cargarnos unos a otros en el suelo sintiendo la testosterona fluir por
cada uno de nosotros. Solo me quedaba extasiarme con toda la discreción posible,
negándome aún que esto pasaba por mi cabeza.
Al principio fue complicado
porque una parte de mi quería amar a los chicos con todas sus fuerzas y
gritarle al mundo lo que soy en realidad pero otra parte de mi quería
engañarse, censurarse y decirse a sí misma “Tendré novia y 6 hijos” todo por el
temor al “¿Qué dirán?”
Paralelo a mi crecimiento tanto
psicológico como físico comencé a darme cuenta que había nacido así…diferente y
que debía o lidiar con ello y sufrir o suprimirlo hasta mi muerte viviendo una
historia falsa e hipócrita de película; el típico sueño de todos: una familia
con un perro Golden retriver y una linda casa todo esto acompañado de un
trabajo monótono y bien pago para mantener a mis hijos y esposa felices.
¡Noo! ¡Reacciona! – Me decía mi
subconsciente desesperado intentando que me diera cuenta que me estaba
engañando y debía pensar en mi felicidad. En esa carrera por crecer y en ese
afán de encontrarme a mí mismo me di contra un muro que decía en letras grandes
y legibles REALIDAD. Me quede mirando cada una de esas letras en shock,
pensando, divagando, meditando, tal vez estupidizado por lo que estaba pasando
por mi cabeza, Ese muro lo único que me hizo ver era lo infeliz y lo malo que
era fingiendo ser otra persona.
Después del gran golpe que me
di contra la realidad, aceptando mi ser entre lágrimas sollozantes y una
zozobra que más que hacerme sentir vacío
me destruía las entrañas. Corrí desesperado a buscar mi único refugio, mi madre,
cuando llegue a ella lo único que pude hacer fue sentarme lejos, como perro
regañado y decirle con pocos alientos y caris bajo “Mamá, lo siento, soy gay”.
Ella estaba sentada en su cama con un cigarrillo en la diestra soplando el humo
sin dirección alguna, con la mirada en el infinito. Cuando le dije, solo atino
a sonreír, darle una calada más al cigarrillo y mientras soltaba la última
bocanada de humo responder: “Hijo, te amo seas lo que seas y cuando quieras
serlo”.
Esta respuesta y esa
despreocupada sonrisa me hicieron dar cuenta que sin importar que cuento con el
amor de una persona incondicional y en realidad la única opinión que importa.
Nací así y como muchos ¡Amo ser como me ha destinado el universo a ser! ¿Qué si
cambiaria? No, no lo haría ¿Sufro? No, no sufro, de hecho disfruto esta gran travesìa que la vida me presenta.
Esta aventura de vivir siendo
homosexual me ha traído lágrimas, tristeza pero mucha felicidad y tranquilidad.
¿Qué es ser gay? Simplemente, como lo demás, vivir las vicisitudes de ser un
ser humano y estar vivo en esta cruel pero hermosa vida.
Juancho

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