miércoles, 15 de junio de 2016

La Tierra de los Infelices

La tierra de los infelices



“Canalla es el gusto incontenible por lo inalcanzable”

Azul era su vestido la primera vez que le vi, azul como el ópalo de una joya desgastada, pero en realidad no sé si era ella, me gusta pensar que lo era, llevaba un vestido de un azul perfecto.

Es terrible trabajar en algo que no te gusta, en mi caso, trabajaba en una pequeña compañía de distribución de grandes rollos de papel, era algo así como un contador de mutiladores de bosques, llevaba las cuentas del papel que producían lotes enteros de árboles talados, convertidos en hojas mal impresas que en muchos casos resultarían adornando el asfalto de la mugrosa ciudad de papel.

Mi oficina era calurosa, estaba ubicada en una casona que debió ser fulgurante en los años cuarenta pero que desde entonces no había sido remodelada,  era un espacio compartido con un pequeño negocio de consultores, nunca supe que consultaban o que hacían, sólo permanecía allí un hombre silencioso y con una gran barba, siempre con un cigarrillo en su boca, sin embargo el hombre no aspiraba el asfixiante humo que mientras se extinguía lentamente, hacía más mortecino ese insalubre ambiente.

En mi oficina había un ventilador, pero era extremadamente ruidoso y en lugar de refrescar, creaba remolinos de pútridos olores mezclados. Era una agonía trabajar allí al medido día, estaba en el centro de una ciudad ungida en un valle inaccesible, el aire descompuesto de Acpm y residuos industriales se estancaba en el fondo del valle, mientras por encima, los vientos volaban libres entre el azul de un cielo indescifrable para nosotros; los hombres de la profunda ciudad gris.

Llevaba allí unos ocho meses, ya no lo recordaba claramente, entre cuentas y tablas en un viejo computador IBM pasaban las horas, pero no estaba allí por obligación, de hecho podría simplemente en nombre de la dignidad botánica, arrojarme por la ventana a los melcochudos andenes llenos de indigentes, o simplemente podría correr fuera del valle intoxicado buscando aire puro, que posiblemente me mataría ya que nunca lo había probado.

En realidad sólo permanecía allí por un motivo, por escasos veinte minutos al día, minutos que transformaban la desgracia en un halo de esperanza que descendía a mí desde el cielo azul, rompiendo toda esa mezquindad y contaminación que nos abrazaba.

No sé cómo se llamaba, nunca escuché su nombre, debía tener un nombre común como Daniela, o Juliana. Llegaba siempre a las cuatro y cuarentaicinco de la tarde, siempre puntual, lo sabía porque escuchaba sus zapatos, seguido de su voz. Su voz…

A veces tarareaba canciones desconocidas, otras veces, saludaba algún vecino que se cruzaba en las escaleras de la entrada, yo sólo me abstraía en su voz, muchas veces sin entender lo que decía. Por fortuna era muy habladora, elocuente y con un sentido del humor inconcebible para aquel dantesco mundo que habitábamos. Nunca pude ver su rostro, sé que era la esposa del hombre de la barba, alguna vez escuché a alguien decir que llevaban veinte años casados, pero su voz se escuchaba muy suave, con un tono de inocencia incompatible con la rudeza e inexpresividad del hombre de la barba y el cigarro.

Nunca había disfrutado de un sonido tan melódico, su voz mantenía un tono agudo pero a la vez tenía profundidad al pronunciar las palabras, era como música en un concierto de palabras, no puedo describir muy bien la inconmensurable sensación de agrado y bienestar que me producía escucharle.  

A veces he intentado saltar de la silla para encontrarme con su aspecto, si su voz era algo de mi absoluta devoción apenas puedo imaginarme su mirada, sin embargo, las veces que lo he intentado, me he dado cuenta, y aunque no pueda comprenderlo, que el hombre de la barba siempre sigue allí sentado, casi siempre mirando la ventana, quizá recordando, quizá recordándola, recordándola así como yo puedo escucharla.




Barba Azul. 

miércoles, 1 de junio de 2016

Ya me cansé de querer enamorarme.


Vivo una juventud deseosa de querer enamorarse, ser dueño de alguien y ser propiedad de alguna persona ¡Me da igual su género, raza o descendencia!  Simplemente quiero saber qué es eso llamado “amor”, algunos dicen que no existe pero yo en mi utópica mente quiero engañarme y decir que sí es una realidad, difícil pero una realidad al fin y al cabo.

Lo malo es que en medio de mis pensamientos, melancolía y soledad junto a la cantidad de decepciones me han hecho inclinarme por la idea y dar la razón a los que argumentan la inexistencia de aquel apego llamado amor.

Me cansé de perseguir almas libres, corazones rotos y personas con resentimientos. Estoy harto de rendir pleitesía, complacer y encaminar sus pensamientos a los míos para que de alguna u otra forma se enamoren de mí sin más.

Estoy desmoralizado por tener que pasar uno por uno cada de ellos rechazándome porque quieren vivir la vida por momentos y banalidades fuertes pero otros porque simplemente no cumplen mis propias expectativas exigentes. Detesto mi propia forma de amar y odio mi amor por la soledad.

Sin embargo, creo que todavía existe algún tipo de cura para mi exigencia, una venda para los heridos y una  correa para las almas libres. No siempre la cura será para volver a caer, la venda para quitarse y la correa para cohibirse.

Simplemente soy de realidades inconstantes, pensamientos fugaces y amores tardíos. De sexo en la mañana y café en la tarde. De perder la mente y recuperarla en tan solo un instante, yo soy de esos que no vive aquí ni allá, solo vive.

Juancho