La tierra de los infelices
“Canalla
es el gusto incontenible por lo inalcanzable”
Azul era su vestido la primera
vez que le vi, azul como el ópalo de una joya desgastada, pero en realidad no
sé si era ella, me gusta pensar que lo era, llevaba un vestido de un azul
perfecto.
Es terrible trabajar en algo
que no te gusta, en mi caso, trabajaba en una pequeña compañía de distribución de
grandes rollos de papel, era algo así como un contador de mutiladores de
bosques, llevaba las cuentas del papel que producían lotes enteros de árboles
talados, convertidos en hojas mal impresas que en muchos casos resultarían
adornando el asfalto de la mugrosa ciudad de papel.
Mi oficina era calurosa, estaba
ubicada en una casona que debió ser fulgurante en los años cuarenta pero que
desde entonces no había sido remodelada, era un espacio compartido con un pequeño
negocio de consultores, nunca supe que consultaban o que hacían, sólo permanecía
allí un hombre silencioso y con una gran barba, siempre con un cigarrillo en su
boca, sin embargo el hombre no aspiraba el asfixiante humo que mientras se extinguía
lentamente, hacía más mortecino ese insalubre ambiente.
En mi oficina había un
ventilador, pero era extremadamente ruidoso y en lugar de refrescar, creaba
remolinos de pútridos olores mezclados. Era una agonía trabajar allí al medido
día, estaba en el centro de una ciudad ungida en un valle inaccesible, el aire descompuesto
de Acpm y residuos industriales se estancaba en el fondo del valle, mientras
por encima, los vientos volaban libres entre el azul de un cielo indescifrable para
nosotros; los hombres de la profunda ciudad gris.
Llevaba allí unos ocho meses, ya
no lo recordaba claramente, entre cuentas y tablas en un viejo computador IBM
pasaban las horas, pero no estaba allí por obligación, de hecho podría
simplemente en nombre de la dignidad botánica, arrojarme por la ventana a los
melcochudos andenes llenos de indigentes, o simplemente podría correr fuera del
valle intoxicado buscando aire puro, que posiblemente me mataría ya que nunca
lo había probado.
En realidad sólo permanecía
allí por un motivo, por escasos veinte minutos al día, minutos que
transformaban la desgracia en un halo de esperanza que descendía a mí desde el
cielo azul, rompiendo toda esa mezquindad y contaminación que nos abrazaba.
No sé cómo se llamaba, nunca
escuché su nombre, debía tener un nombre común como Daniela, o Juliana. Llegaba
siempre a las cuatro y cuarentaicinco de la tarde, siempre puntual, lo sabía
porque escuchaba sus zapatos, seguido de su voz. Su voz…
A veces tarareaba canciones
desconocidas, otras veces, saludaba algún vecino que se cruzaba en las
escaleras de la entrada, yo sólo me abstraía en su voz, muchas veces sin
entender lo que decía. Por fortuna era muy habladora, elocuente y con un
sentido del humor inconcebible para aquel dantesco mundo que habitábamos. Nunca
pude ver su rostro, sé que era la esposa del hombre de la barba, alguna vez
escuché a alguien decir que llevaban veinte años casados, pero su voz se
escuchaba muy suave, con un tono de inocencia incompatible con la rudeza e inexpresividad
del hombre de la barba y el cigarro.
Nunca había disfrutado de un
sonido tan melódico, su voz mantenía un tono agudo pero a la vez tenía profundidad
al pronunciar las palabras, era como música en un concierto de palabras, no puedo
describir muy bien la inconmensurable sensación de agrado y bienestar que me producía
escucharle.
A veces he intentado saltar de la silla para encontrarme con su aspecto, si su voz era algo de mi absoluta devoción apenas puedo imaginarme su mirada, sin embargo, las veces que lo he intentado, me he dado cuenta, y aunque no pueda comprenderlo, que el hombre de la barba siempre sigue allí sentado, casi siempre mirando la ventana, quizá recordando, quizá recordándola, recordándola así como yo puedo escucharla.
A veces he intentado saltar de la silla para encontrarme con su aspecto, si su voz era algo de mi absoluta devoción apenas puedo imaginarme su mirada, sin embargo, las veces que lo he intentado, me he dado cuenta, y aunque no pueda comprenderlo, que el hombre de la barba siempre sigue allí sentado, casi siempre mirando la ventana, quizá recordando, quizá recordándola, recordándola así como yo puedo escucharla.
Barba Azul.

