Me encontraba allí caminando por un brumoso bosque, la tierra era negra como la piedra azabache, el cielo cubierto por el follaje de grandes e imponentes arboles oscuros. No sabía para donde caminar ni que hacer pero sentía que debía buscar algo pero ¿buscar qué? Lo pensaba mientras aterrorizado y sudoroso caminaba o más bien esquivaba las raíces bastas que recorrían el suelo con su gran tamaño, cansaban eso sí.
Entre trote y trote desorientado por aquel brumoso lugar vi
una pequeña luz pero era tan frágil como un suspiro, como la vida misma ¡Corrí!
como alma descarriada para avizorar aquella luz y descubrir que era. En mi
llegada observe entre lágrimas sollozantes a una hermosa mujer, de piel cálida,
apenas cubierta por una tela blanca que se ornaba en su delgado cuerpo, cual
narciso sentada en el borde de un riachuelo, miraba su propia desgracia en el
reflejo del agua lenta en su andar por la corriente, apenas si se podía ver
bien su rostro reflejado puesto que el movimiento de la suave corriente movía
su desdichada imagen del agua.
Me acerqué estriando mi diestra -¡Pero qué hago!- me dije – y sin
más le toque el hombro con mis pálidas y sudorosas manos llenas de nervios ¡oh
pero gloriosa piel untuosa! Me tiño de su calidez y su ardiente luz colmandome de
tranquilidad. ¡La felicidad me lleno!
Ahí estaba yo, intentando no desfallecer en aquel toque tan
sublime como el anochecer o tan bello como el alba irradiada por la luz del
imponente y bello sol….amando, sí, amando a una mujer.
“Generalmente la vida es un bosque difícil de atravesar, pero
debemos permanecer sin rendirnos para esperar, esperar una luz y llegar a ella
y ver reflejados nuestros esfuerzos”
(Fragmento de una novela que estoy escribiendo)
Juancho

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