Siento sus pasitos al otro lado del muro, va de acá para allá… como si hubiese un allá en esas cuatro paredes, mira por la ventana, o por lo menos sus pasos se alejan y se detienen, mira al vacío, mira la calle malhumorada a pleno medio día, muerde sus labios, o por lo menos retuerce sus zapatos, puedo oírla. María… María está de pie todo el día, María quiere devorar un trozo de mundo pero aún no lo sabe, escucho sus suspiros.
Cae la tarde y María es presa del desasosiego, o por lo menos escucho como golpetea con sus pies el piso de madera. María confronta los vientos fríos de noviembre que violentamente llegan a su ventana, escucho el rechinar de las bisagras… María sigue allí, mirando ese pedazo aleatorio de ciudad, esperando lo que llegará, María sabe que llegará, lo sé porque continúa allí.
La obscuridad llega a María, lo sé porque ha llegado sin excepción a mi ventana. la luna ilumina el rostro de María y la ciudad desaparece, lo sé porque escucho el crujir de la madera cuando María se apoya sobre el resquicio de la ventana. María levanta los pies del piso y se lanza al vacío de la mano con la luna... ya no hay María en la habitación de al lado, solo escucho el aire apoderarse de la ventana de María.
María vuela con la luna, lo sé porque ha pasado por mi ventana. vuela como de costumbre con su bata blanca a los tobillos, María ya no está más para mí pues se ha ido con la luna.
El silencio se adueña del absoluto, a veces creo escuchar a María, María la del día, la prisionera, pero recuerdo con regocijo al mirar mi ventana que María ha salido a devorar el mundo de la mano de la luna...
Esperaré a María, sé que regresará algún día… lo sé porque María es la chica de al lado...
Barba Azul