martes, 15 de septiembre de 2015

El Enigma de la Vida





La primera vez que la vi me gustó por su olor, recuerdo que era un olor como a metal, o como a oxido, era una flaquita algo desaliñada, caminaba patiabierta como esas personas que sufren de pie plano y su busto apenas si se suponía entre un sujetador abultado.

Recuerdo que era amiga de todos, hablaba y hablaba y no había quien la frenara, tenía una hermana y cuando se juntaban llegaban a ser pesadas. Nunca tuvo ojos para mí, de hecho creo que nunca tuvo ojos para nadie, si bien como la mayoría de chicas atractivas de su edad, cambiaba de novio cada tanto. es paradójico como cierto tipo de mujeres son incapaces de experimentar largos periodos de soledad sentimental. Hay algo de poético en ello, también algo de trágico, tanto en quienes viven en la necesidad de la compañía, como quienes en la melancólica soledad buscamos justificación.

Un día tuve un sueño, soñé que dormía en su regazo, con sus manos acariciaba mi cabeza, sentía el calor de su vientre y la presión de mi rostro sobre sus piernas, de repente la vi mirarme fijamente a los ojos, pero no pude ver más que  frialdad e indiferencia, ¿qué habrá estado mirando? Como miles de máscaras sus miradas eran multiformes.

Ya de espaldas empezó a alejarse, sin mirar atrás, como esperando que la alcanzara. esa fue la última vez que la vi, caminando en la vespertina bruma de una mañana de domingo.

Para cuando desapareció en el horizonte la di por muerta, aunque tengo entendido que se le ha visto abandonado puertas abiertas, siempre sin mirar atrás. 

AD
B. Azul

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Tu, mi demonio


La oscuridad de tu mirada me tenía distraído, inmerso en la soledad que me transmite la madrugada en tu directa mirada. Esa mirada solo la podría tener un demonio; oscuro, frió y profundo.

Pero tú, hombre de mis pensamientos, tu eres mi demonio en la tierra ¿Acaso escapaste del tártaro para sofocar mi tranquilidad? Tu intención desesperada de amarme, no sé si es solo un antojo de tu voraz alma que esboza inmoralidad. Pero, sí, que bien lo pasamos juntos en el lecho, ahí, donde la calma se pierde y los sentidos se agudizan.

Tú, mi Asmodeo, mi demonio, mi súcubo, yo siempre dejo que mis manos recorran tu cuerpo cual botes en el rió para distraer mi mente, pero mi alma en realidad está siendo robada por tu avizoramiento maligno. Mis ojos dejan de enfocar, se nublan y solo veo negros tus ojos, delirantes, llenos de lujuria, ¡Asesinos!

Asesinos de mi alma, de mi pensamiento y mi frialdad, desgarrantes ojos profundos que no dejan mi alma desprender con facilidad, les gusta, ¡Sí! les gusta torturar mi carnalidad espiritual, como un soldado capturado, como una hormiga bajo la luz de una lupa. Así me siento.

¿Placer? Claro que sí, el placer de sentirme herido, deshilachado y acabado por tus manos blancas y frías, manos que bajan por mi cálido pecho y costillares rasgando como un lienzo mi piel, exponiendo la sangre a la fría corriente de aire que transmite la pequeña ventana de tu habitación en la madrugada.

Ahórcame, intenta asesinar mi dulce y tranquila personalidad puesto que tras el asesinato de aquel carácter; viene mi soledad y mis ganas de sangre entre la danza lujuriosa de nuestro sudoroso amor que nuestros cuerpos en un frenesí de ilusión se encarga de crear.

Tú, mi demonio.

Juancho