lunes, 31 de agosto de 2015

Los colombianos no somos desmemoriados



Hace poco divagaba por redes sociales deleitando mi morbo político con el tema de las deportaciones de colombianos desde Venezuela. Uno de esos comentarios era de un Uribista que en unas palabras muy punzantes argumentaba que los colombianos no teníamos memoria de todo lo bueno que había hecho el ex-presidente Álvaro Uribe en su mandato, que los colombianos no teníamos memoria porque no recordábamos el país que había para finales de los años noventa y principios del nuevo milenio cundo dicho personaje asumió la presidencia.

Fue entonces cuando me di cuenta que los colombianos sí tenemos memoria, solo que unos recuerdan ciertas cosas más que otros y viceversa. Lo que nos hace pensar que el problema es un poco más complejo y tiene quizá más de dos caras de la moneda. Hasta ahí dejaré ese tema ya que la política me es bastante ajena de interés y conocimiento.

Los colombianos tenemos tan buena memoria que diariamente recordamos lo que es el país desde que vivimos en él, recordamos lo que era y lo que es, aunque a mi parecer no ha cambiado mucho. Cuando vivía en mi finca antes de ser desplazado temía pisar una mina o caer en medio del fuego cruzado. Ahora, ya en la ciudad, temo ser asaltado y asesinado o caer de nuevo en el fuego cruzado. A pesar de todo, creo que son tiempos mejores, porque la tecnología nos permite escandalizarnos cada día con nuevas cosas y olvidar un poco nuestros propios temores.

Hasta hace muy poco yo también creía que éramos un pueblo sin memoria, pero me he dado cuenta que no es un problema de memoria, es un problema de costumbre. Los colombianos nos hemos acostumbrado a la violencia en todas las esferas de la sociedad, desde lo más íntimo de la familia a lo más amplio del estado, y no es decir que las ciudades sean campos de batalla; es decir que la guerra que este país vive es una guerra que nos toca a todos, es una guerra adquirida y heredada que se alimenta de sí misma y de un pueblo agresivo por antonomasia, una guerra que así no veamos ahí está.

Al comprar el caso colombiano con el caso chileno de la dictadura podemos ser conscientes de un tema de cifras escandalosas. Durante toda la dictadura chilena se hace un aproximado de 5.000 víctimas entre desaparecidos y asesinados en un periodo de 17 años, pero el tema no es político, ni militar. Hay que entender que son dos casos difíciles de comparar desde cualquier punto de vista. Sin embargo, al día de hoy, 25 años después de la finalización de la dictadura de Pinochet, aun se recuerdan las víctimas y se busca de forma permanente la “justicia”. El pueblo chileno de hoy tiene marcado el papel de las víctimas y los victimarios en su presente, buscando una especie de redención social y colectiva. Tanto así, que hay sentimientos de culpa y una profunda memoria de ese oscuro capitulo aun en personas que no les tocó vivir dicha época.

En el caso colombiano, por estar aún en medio del conflicto es imposible pensar en el proceso que ha adelantado Chile por ejemplo, sin embargo, eso no justifica la omisión consiente de un pasado y de unas victimas que aún no se terminan de calcular y que podrían ser tranquilamente 500 veces más que en el caso chileno.


Los colombianos nos hemos acostumbrado a la guerra, por eso recordamos el conflicto desde puntos de vista polarizados. Pero ¿y nuestras víctimas? ¿De llegar algún día a un proceso de pos-conflicto podríamos acercarnos a lo que es hoy Chile respecto a las víctimas?, En tal caso quizá igualmente olvidaríamos, no por culpa, sino por vergüenza. Sin embargo dudo mucho que suceda. somos un pueblo nacido en la guerra y quizá viviremos en ella por varias generaciones más, con memoria de nuestras víctimas, pero con la más consiente omisión.

B.A

viernes, 7 de agosto de 2015

Nacì diferente, Nacì gay




Toda mi vida viví en un mundo que no era el mío, simplemente estaba viviendo una vida que no era la mía. Parecía que alguien más me hubiera arrebatado mi real forma de ser para implantar una que no tiene nada que ver con mi alma y realidad interna.

A los 15 años me di cuenta que el sudor y la fuerza me gustaba más que el perfume y la delicada suavidad, me di cuenta que quería ser tratado con lujuria y picardía en cada mirada que con inocencia y serenidad.

Mis quince años fueron una revelación porque ahora no quería ir a la gimnasia para ver a mis compañeras saltar en la cuerda si no para ver los cortos pantalones de mis colegas, jugar futbol, cargarnos unos a otros en el suelo sintiendo la testosterona fluir por cada uno de nosotros. Solo me quedaba extasiarme con toda la discreción posible, negándome aún que esto pasaba por mi cabeza.

Al principio fue complicado porque una parte de mi quería amar a los chicos con todas sus fuerzas y gritarle al mundo lo que soy en realidad pero otra parte de mi quería engañarse, censurarse y decirse a sí misma “Tendré novia y 6 hijos” todo por el temor al “¿Qué dirán?”

Paralelo a mi crecimiento tanto psicológico como físico comencé a darme cuenta que había nacido así…diferente y que debía o lidiar con ello y sufrir o suprimirlo hasta mi muerte viviendo una historia falsa e hipócrita de película; el típico sueño de todos: una familia con un perro Golden retriver y una linda casa todo esto acompañado de un trabajo monótono y bien pago para mantener a mis hijos y esposa felices.

¡Noo! ¡Reacciona! – Me decía mi subconsciente desesperado intentando que me diera cuenta que me estaba engañando y debía pensar en mi felicidad. En esa carrera por crecer y en ese afán de encontrarme a mí mismo me di contra un muro que decía en letras grandes y legibles REALIDAD. Me quede mirando cada una de esas letras en shock, pensando, divagando, meditando, tal vez estupidizado por lo que estaba pasando por mi cabeza, Ese muro lo único que me hizo ver era lo infeliz y lo malo que era fingiendo ser otra persona.

Después del gran golpe que me di contra la realidad, aceptando mi ser entre lágrimas sollozantes y una zozobra  que más que hacerme sentir vacío me destruía las entrañas. Corrí desesperado a buscar mi único refugio, mi madre, cuando llegue a ella lo único que pude hacer fue sentarme lejos, como perro regañado y decirle con pocos alientos y caris bajo “Mamá, lo siento, soy gay”. Ella estaba sentada en su cama con un cigarrillo en la diestra soplando el humo sin dirección alguna, con la mirada en el infinito. Cuando le dije, solo atino a sonreír, darle una calada más al cigarrillo y mientras soltaba la última bocanada de humo responder: “Hijo, te amo seas lo que seas y cuando quieras serlo”.

Esta respuesta y esa despreocupada sonrisa me hicieron dar cuenta que sin importar que cuento con el amor de una persona incondicional y en realidad la única opinión que importa. Nací así y como muchos ¡Amo ser como me ha destinado el universo a ser! ¿Qué si cambiaria? No, no lo haría ¿Sufro? No, no sufro, de hecho disfruto esta gran travesìa que la vida me presenta.

Esta aventura de vivir siendo homosexual me ha traído lágrimas, tristeza pero mucha felicidad y tranquilidad. ¿Qué es ser gay? Simplemente, como lo demás, vivir las vicisitudes de ser un ser humano y estar vivo en esta cruel pero hermosa vida.


Juancho