Hace poco divagaba por redes sociales deleitando mi morbo político con el tema de las deportaciones de colombianos desde Venezuela. Uno de esos comentarios era de un Uribista que en unas palabras muy punzantes argumentaba que los colombianos no teníamos memoria de todo lo bueno que había hecho el ex-presidente Álvaro Uribe en su mandato, que los colombianos no teníamos memoria porque no recordábamos el país que había para finales de los años noventa y principios del nuevo milenio cundo dicho personaje asumió la presidencia.
Fue entonces cuando me di
cuenta que los colombianos sí tenemos memoria, solo que unos recuerdan ciertas
cosas más que otros y viceversa. Lo que nos hace pensar que el problema es un
poco más complejo y tiene quizá más de dos caras de la moneda. Hasta ahí dejaré
ese tema ya que la política me es bastante ajena de interés y conocimiento.
Los colombianos tenemos tan
buena memoria que diariamente recordamos lo que es el país desde que vivimos en
él, recordamos lo que era y lo que es, aunque a mi parecer no ha cambiado mucho.
Cuando vivía en mi finca antes de ser desplazado temía pisar una mina o caer en
medio del fuego cruzado. Ahora, ya en la ciudad, temo ser asaltado y asesinado
o caer de nuevo en el fuego cruzado. A pesar de todo, creo que son tiempos
mejores, porque la tecnología nos permite escandalizarnos cada día con nuevas
cosas y olvidar un poco nuestros propios temores.
Hasta hace muy poco yo también creía
que éramos un pueblo sin memoria, pero me he dado cuenta que no es un problema
de memoria, es un problema de costumbre. Los colombianos nos hemos acostumbrado
a la violencia en todas las esferas de la sociedad, desde lo más íntimo de la familia
a lo más amplio del estado, y no es decir que las ciudades sean campos de
batalla; es decir que la guerra que este país vive es una guerra que nos toca a
todos, es una guerra adquirida y heredada que se alimenta de sí misma y de un pueblo agresivo por antonomasia, una guerra que así no veamos ahí está.
Al comprar el caso colombiano
con el caso chileno de la dictadura podemos ser conscientes de un tema de cifras escandalosas. Durante toda la dictadura chilena se hace
un aproximado de 5.000 víctimas entre desaparecidos y asesinados en un periodo
de 17 años, pero el tema no es político, ni militar. Hay que entender que son
dos casos difíciles de comparar desde cualquier punto de vista. Sin embargo, al
día de hoy, 25 años después de la finalización de la dictadura de Pinochet, aun
se recuerdan las víctimas y se busca de forma permanente la “justicia”. El
pueblo chileno de hoy tiene marcado el papel de las víctimas y los victimarios
en su presente, buscando una especie de redención social y colectiva. Tanto así,
que hay sentimientos de culpa y una profunda memoria de ese oscuro capitulo aun
en personas que no les tocó vivir dicha época.
En el caso colombiano, por
estar aún en medio del conflicto es imposible pensar en el proceso que ha
adelantado Chile por ejemplo, sin embargo, eso no justifica la omisión consiente
de un pasado y de unas victimas que aún no se terminan de calcular y que podrían
ser tranquilamente 500 veces más que en el caso chileno.
Los colombianos nos hemos
acostumbrado a la guerra, por eso recordamos el conflicto desde puntos de vista
polarizados. Pero ¿y nuestras víctimas? ¿De llegar algún día a un proceso de pos-conflicto podríamos acercarnos a lo que es hoy Chile respecto a las víctimas?, En tal caso quizá igualmente olvidaríamos, no por culpa,
sino por vergüenza. Sin embargo dudo mucho que suceda. somos un pueblo nacido
en la guerra y quizá viviremos en ella por varias generaciones más, con memoria
de nuestras víctimas, pero con la más consiente omisión.
B.A
B.A

